viernes, junio 14, 2019

Una nueva educación para una nueva ciencia


El modo de producir conocimiento científico ha cambiado. Por eso hay que cambiar la forma de educarnos y de orientar la ciencia, la tecnología y la innovación en Colombia. 


La importancia de la regulación

Hace poco fue aprobado el Plan Nacional de Desarrollo (PND) 2018 – 2022, Un pacto por Colombia, un pacto por la equidad.
Entre otras muchas cosas, este documento establece las bases para la política pública de ciencia, educación, tecnología e innovación de los próximos 25 años y delinea los principios del futuro Ministerio de Ciencia Tecnología e Innovación (CT+i).
Aunque a veces se crea que el asunto es secundario, la regulación de la ciencia y la tecnología es de vital importancia porque define el papel del conocimiento dentro de una sociedad y reduce los riesgos que ciertos tipos de investigación o aplicación del saber pueden representar para los ciudadanos.
La violencia generalizada, el asesinato de líderes sociales, la informalidad laboral o la desigualdad social son algunos de los problemas que agobian a la sociedad colombiana. Por difíciles que sean o parezcan, la experiencia de la humanidad ha confirmado que la producción de conocimiento científico y tecnológico es la mejor manera de confrontar estas y otras dificultades.
Pero no se trata de cualquier tipo de conocimiento, sino de aquel que responde al contexto donde se produce, que involucra diversos actores y que intenta satisfacer el bien común.

Ciencia: de la confianza a la participación. 

«La ciencia es el motor del progreso», repetíamos como credo en el siglo XX, pues el desarrollo de los computadores, la píldora anticonceptiva, los primeros trasplantes de órganos, el radar o el descubrimiento sobre la estructura de doble hélice del ADN nos hicieron sentir que así era. Creíamos que, si el Estado financiaba las ciencias básicas y les garantizaba autonomía, se produciría conocimiento que indefectiblemente redundaría en bienestar social.
El informe “Ciencia: la frontera sin fin” que Vannevar Bush, el entonces director de la Oficina de Investigación Científica y Desarrollo de Estados Unidos, le presentó al presidente Franklin Roosevelt en 1945 ejemplifica esa confianza ciega en las ciencias básicas, pues aseveraba que “el progreso científico […] es el resultado del juego libre de intelectos libres, que trabajan en temas escogidos por ellos, en la manera que su curiosidad les dicte que deben explorar lo desconocido».
Sin embargo, en la década de los sesentas, en medio del movimiento contracultural, esa confianza se vería perturbada por accidentes nucleares, envenenamientos farmacéuticos y hallazgos sobre los efectos adversos de los pesticidas.
La regulación de la ciencia y la tecnología es de vital importancia porque define el papel del conocimiento dentro de una sociedad. 
En ese momento entendimos que el progreso científico podía traer repercusiones negativas para la humanidad y, por eso, era necesario regularlo. Desde entonces, nos ha acompañado lo que se conoce como el síndrome de Frankenstein, esto es, el temor de que la ciencia se voltee contra nosotros y nos diga, como la criatura imaginada por Mary Shelley, “tú eres mi creador, pero yo soy tu señor”.
Este cambio en la manera de relacionarnos con la ciencia ha sido objeto de estudio de la academia. En su libro Las fronteras de la ilusión, Daniel Sarewitz, profesor de Ciencia y Sociedad de la Universidad de Arizona y codirector del Consortium for Science, Policy, and Outcomes, expone cinco mitos que muchos Estados han reproducido en sus políticas científicas sin examinar sus fundamentos teóricos ni empíricos. Estos son:
·       Mito del beneficio infinito: la ciencia y tecnología conducirán indefectiblemente a lograr beneficios sociales;
·       Mito de la investigación sin trabas: cualquier línea razonable de investigación sobre procesos naturales produce beneficio social en igual medida;
·       Mito de la rendición de cuentas: las responsabilidades morales e intelectuales de los científicos se limitan a garantizar el arbitraje entre pares, la reproducibilidad de los resultados y otros controles de calidad de la investigación científica;
·       Mito de la autoridad: la investigación científica proporciona una base objetiva para resolver disputas políticas;
·       Mito de la frontera sin fin: el conocimiento producido por la ciencia es independiente de sus consecuencias para la naturaleza y para la sociedad.

¿Cómo regular la ciencia?

En el afán de combatir esos mitos y regular el conocimiento científico y tecnológico, han surgido iniciativas estatales como la Agencia de Protección Ambiental en Estados Unidos, el Comité de Tecnología en Dinamarca, el Center for Working Life en Suecia y las “tiendas de ciencia” en los Países Bajos. A ellas se les suman los organismos de ciencia y tecnología encargados de orientar las políticas públicas en esta materia, como lo hace Colciencias en Colombia.